PANTERA AGAZAPADA

 


i

El oficio de la escritura se esconde.

El éxito consiste en agazaparse, en pasar desapercibida, en disfrazar las verdaderas intenciones.

Llevaba meses oculta, huyendo de mis verdaderos instintos.

No salía de noche. Me refugiaba a las 6 de la tarde, en pijama, esperando la hora de dormir.

Pude controlar por varios meses el deseo de no entregarme. De no iniciar ninguna búsqueda, ¿cacería?

No respondí mensajes ni llamadas.

Dejé muchos correos sin respuesta; ni siquiera los abría para leerlos.

Y estaba feliz pensando que finalmente me había convertido en una mujer seria y autosuficiente, que había abandonado mi vocación felina.

Soy libre, pensé, en mi inocencia.

Ni siquiera, la música, lograba hacerme cosquillas.

Pero el instinto, esa capacidad de supervivencia.

Me encontró agazapada sobre un sofá cuando visualicé una foto.

Y un mensaje de texto.

Y me empezaron a temblar las garras leyendo esas palabras que se derretían en la pantalla,

por dulces,

por suaves,

impredecibles.

Mortales. Envenenadas.

Y así, estuve otro par de días, moribunda.

Alimentándome con agua y galletas.

Como en una jaula, saboreando lentamente mi agonía.

Un sabor salado en la lengua. Te da sed. Ganas de vomitar.

Ganar de morir, pero abría los ojos para comprobar si el objeto del amor seguía en línea.

Pasé noches en blanco, horas infinitas, desplazandome sobre la pantalla para agrandar sus ojos y su boca.

Desapareciendo, al otro día, al amanecer. Para no imaginar que, en alguna parte, lejos de mí, comenzaba su día.

Logré pasar desapercibida por algún tiempo.

Hasta que se dio cuenta.

 ii

Es como cuando te llega dinero después de meses de sequía.

No sabes por dónde empezar a gastar.

Olvidas si hiciste alguna lista. Quizá recuerdes algunas deudas por los persistentes avisos de los bancos.

Pero el amor suele recibirse, a la antigua, en la sala de la casa, en los sofás.

A fuerza de observarlo, lo he retenido en mi pupila,

y su rostro me persigue, me sigue en sueños,

como un suplicio, una dulce perversidad.

Sigo alimentándome a bocados, a pequeños sorbos,

Como si fuese una medicina

Su amor, o el deseo irresistible que me produce observarlo así, aumentado.

Hasta que la imagen se pixela en cuadritos.  

 

iii

 

Lo peor, es esa conciencia de saber que estás perdida,

que no tienes escapatoria.

Que te vas a enfrentar a una batalla en desigualdad de condiciones.

No tengo maniobras de defensa. Ya inventé todas las excusas.

Ya utilicé todas las herramientas conocidas para evadirme.

Y esa sonrisa. Y esa barbilla y ese cuadrado del mentón, son una tortura china.  

Esa luz del sol que cae desde la ventana sobre su rostro.

Qué me condenen por hereje, por salvaje.

Por arbitraria,

Por contradictoria.

No se por dónde empezar a mirarlo si todo su cuerpo se traduce en deseo,

en profunda obsesión.

 iv

No voy a decirle nada. Aun. Que nunca lo sepa.

Pero ya lo sabe, o peor aún, lo intuye.

El torrente produce un murmullo antes de desbocarse,

para derrumbarse y yacer entre los muros de las murallas.

Karim Quiroga

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